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Rosa Luxemburg en 1914

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Rosa Luxemburg nació en Zamosc, en la zona polaca de Rusia, en 1871. Se trasladó a Suiza en 1890 donde conoció a Leo Jogiches, Alexandra Kollontai, George Plekhanov y Karl Kautsky.

En 1893 se unió a Leo Jogiches para formar el Partido socialdemócrata de Polonia. Como era una organización ilegal, Luxemburg fue a París para editar el periódico del partido, Sprawa Robotnicza (Causa de los trabajadores).

En 1898, Luxemburgo se trasladó a Berlín, donde se unió a la Partido socialista alemán. Luxemburg, revolucionaria comprometida, hizo campaña contra las ideas revisionistas de Eduard Bernstein. En 1905 August Bebel la nombró editora del periódico SPD, Vorwarts (Hacia adelante).

Después de la Revolución de 1905, Luxemburgo y Leo Jogiches regresaron a Varsovia, donde pronto fueron arrestados. Después de su liberación regresaron a Alemania.

Luxemburg y Leo Jogiches se pusieron del lado de los mencheviques en su lucha contra los bolcheviques. Como resultado, Vladimir Lenin favoreció a la sección polaca dirigida por Karl Radek sobre la de Luxemburgo.

En 1910, Luxemburgo rompió con Karl Kautsky cuando este se negó a apoyar sus esfuerzos para organizar huelgas masivas en pos de la democracia parlamentaria en Alemania.

Rosa Luxemburgo

1. Fue muy crítico con Nicolás II y la autocracia.

2. Quería que Rusia tuviera sufragio universal.

3. Quería que el gobierno ruso permitiera la libertad de expresión y el fin de la censura política de periódicos y libros.

4. Creía que la democracia sólo podría lograrse en Rusia mediante el derrocamiento violento de Nicolás II y la autocracia.

5. Se opuso firmemente a que Rusia entrara en guerra con Austria-Hungría y Alemania.

6. Creía que si Rusia entraba en guerra con Austria-Hungría y Alemania, los mencheviques, los bolcheviques y los socialrevolucionarios deberían intentar persuadir a los soldados rusos de que usaran sus armas para derrocar a Nicolás II.

Por primera vez en la historia de la lucha de clases, (Revolución rusa de 1905) ha logrado una grandiosa realización de la idea de la huelga de masas y ha llevado la idea de la huelga de masas a la madurez, abriendo así una nueva época en el desarrollo. del movimiento obrero.

No solo tenemos que desarrollar el sistema de consejos de obreros y soldados, sino que tenemos que inducir a los trabajadores agrícolas y a los campesinos más pobres a adoptar este sistema de consejos. Tenemos que tomar el poder, y el problema de la toma del poder plantea la pregunta: ¿qué hace cada consejo de trabajadores y soldados en toda Alemania, qué puede hacer y qué debe hacer?


Recordando a Rosa Luxemberg- La revolucionaria marxista

Rosa Luxemburg, de 48 años, fue una de las revolucionarias marxistas más destacadas de su época. Nacida en Polonia en 1871, se involucró activamente en la política revolucionaria cuando era joven. Se convirtió en líder del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y del movimiento marxista a nivel internacional después de verse obligada a abandonar la Polonia controlada por los zaristas debido a sus creencias políticas.

Como prominente oponente del oportunismo de derecha en el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), Luxemburgo concluyó que el partido se había convertido en un "cadáver apestoso" después de la votación del 4 de agosto de 1914 por los créditos de guerra por parte del grupo parlamentario del SPD. con Karl Liebknecht para fundar el Spartakusbund y luego el Partido Comunista de Alemania (KPD) como una dirección alternativa para la clase trabajadora.

Encarcelados por su oposición a la Primera Guerra Mundial, ambos líderes fueron liberados de la cárcel como resultado de un levantamiento revolucionario de los trabajadores alemanes en noviembre de 1918. La derecha socialdemócrata se unió al gobierno para salvar el capitalismo alemán y aplastar el movimiento revolucionario de Alemania. la clase trabajadora.

La concesión de créditos de guerra al gobierno alemán por parte de la facción parlamentaria del SPD en agosto de 1914 es un golpe gigantesco para Luxemburgo y para todo el movimiento obrero socialista. De un plumazo anula la labor educativa llevada a cabo con paciencia por el partido durante los 40 años anteriores. La experiencia bárbara de la Primera Guerra Mundial (1914) conduce al estallido de la Revolución Rusa en 1917 y la agitación política en Alemania en 1918.

Tanto Luxemburg como Liebknecht fueron asesinadas por orden de los líderes del SPD el 15 de enero de 1919. Fue abatida con la culata de un rifle en el vestíbulo del Hotel Eden y llevada a un automóvil donde le dispararon. Su cuerpo fue arrojado al canal Landwehr, donde fue recuperado solo unos meses después.

Si Luxemburg y Liebknecht hubieran sobrevivido en 1919, no solo la historia alemana, sino también la historia mundial habría resultado diferente.

Una revolución socialista victoriosa en Alemania habría liberado a la Unión Soviética de su aislamiento y, por lo tanto, habría eliminado el factor más importante para el crecimiento de la burocracia y el ascenso de Stalin.

También es inconcebible que el KPD, bajo el liderazgo de la intransigente internacionalista Rosa Luxemburg, se hubiera inclinado ante el curso nacionalista de Stalin, o hubiera apoyado su política de socialfascismo, que allanó el camino para que Hitler llegara al poder en 1933.

La negativa de Stalin y su representante alemán Thälmann a luchar por un frente único con el SPD "social fascista" contra los nazis dividió y paralizó a la clase trabajadora. Basada en una política correcta del KPD, que tenía cientos de miles de miembros y millones de votantes, la clase trabajadora podría haber evitado que Hitler llegara al poder.

Luxemberg fue de los primeros en emprender la lucha contra las teorías revisionistas de Eduard Bernstein dentro de la socialdemocracia alemana (SPD). Su polémica Reforma o Revolución sigue siendo un clásico del marxismo. Sus ideas revolucionarias la pusieron en conflicto directo con los funcionarios sindicales de derecha dentro de la socialdemocracia alemana, quienes la prohibieron en sus congresos.

Más tarde, Luxemburgo entró en lucha contra la creciente adaptación de Karl Kautsky (uno de los líderes del SPD) al liderazgo socialdemócrata alemán que se movía hacia la derecha, que anticipó la posterior traición de Kautsky al marxismo.

En 1905 estalla la revolución en Rusia. Una ola de huelgas masivas espontáneas se extiende por todo el país. La dirección alemana del SPD, dominada por su ala sindical conservadora, había reaccionado a la defensiva. Al regresar a Berlín desde Rusia en 1906, Rosa Luxemburg saluda la revolución. Las principales figuras del SPD argumentan que la situación en Alemania no está madura para el tipo de acciones masivas asociadas con la revolución rusa de 1905. Incluso el anciano líder del partido del SPD, August Bebel, declara: "No se puede comparar la situación rusa con la de Alemania".

Luxemburgo reconoce que la Revolución Rusa (1905) es una expresión de una nueva era histórica que pone fin al período relativamente pacífico que había durado 40 años.

El asesinato de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg fue la respuesta consciente de la clase capitalista al peligro mortal que enfrentaba. Después de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, la clase capitalista decidió que tenía que impedir el desarrollo de una dirección revolucionaria en la clase trabajadora o exterminar esa dirección donde se presentara.

La directora de cine alemana Margarethe von Trotta en su extraordinaria película "Rosa Luxemburg" (1986) trata profundamente los últimos 20 años en la vida de la destacada socialista y revolucionaria Rosa Luxemburg. La película presenta episodios políticos y personales clave de la vida de la revolucionaria, lo que demuestra su enorme coraje y determinación política.

La película incluye escenas que muestran el apasionado discurso de Luxemburg en una asamblea de trabajadores en Fráncfort del Meno en 1913, que sería de gran actualidad incluso hoy: "La ilusión de una tendencia gradual hacia la paz se ha disipado. Aquellos que señalan 40 años de paz en Europa, olvídate de las guerras que tuvieron lugar fuera de Europa y en las que Europa jugó un papel. (.) Los gobernantes creen que tienen derecho a decidir sobre una cuestión tan vital por encima de la cabeza de todo el pueblo. (.) Cuando nosotros Se les pide que levanten las armas del asesinato contra nuestros franceses y otros hermanos, declaramos: ¡No, nos negamos!

La película de Von Trotta presenta el electrizante discurso de Liebknecht en el Tiergarten de Berlín: "¡La revolución en Alemania ha llegado! (...) Hacemos un llamado a la preparación revolucionaria y la utilización de toda nuestra energía para emprender la reconstrucción del mundo. pantano del pasado o continuamos la lucha hasta la liberación de toda la humanidad de la maldición de la esclavitud. ¡Viva la revolución mundial! ¡Viva Espartaco! "

La película "Rosa Luxemburg" (1986) argumenta que la democracia genuina solo es posible gracias a personas como Rosa. Debe basarse en el movimiento de masas independiente de la población de la clase trabajadora ilustrada políticamente por un movimiento socialista internacional. Acusada por un fiscal de ser un enemigo público, Luxemburg se defiende en una escena afirmando que solo el pueblo, no el gobierno, puede decidir sobre la cuestión de la guerra o la paz: "No a la guerra contra nuestra voluntad".

Rosa Luxemburg en su discurso en el congreso fundacional del Partido Comunista (KPD) el 31 de diciembre de 1918 dijo claramente:

"El progreso del desarrollo capitalista a gran escala durante 70 años nos ha llevado tan lejos que hoy podemos emprender seriamente la destrucción del capitalismo de una vez por todas. No, más aún. Hoy no solo estamos en condiciones de realizar esta tarea, su El desempeño no es solo un deber hacia el proletariado, sino que ofrece el único medio de salvar a la sociedad humana de la destrucción ... Para nosotros no hay un programa mínimo ni máximo. El socialismo es una y la misma cosa, este es el mínimo que tenemos que realizar. hoy "[Rosa Luxemburgo, Nuestro programa y la situación política (1918)].

Vindicando sus palabras, cien años después de la muerte de Luxemburg, todas las contradicciones del sistema capitalista que hicieron del período 1914-45 el más violento de la historia de la humanidad vuelven a estallar. El nacionalismo, la guerra comercial y la guerra dominan las relaciones internacionales. Las fuerzas fascistas y de extrema derecha están a la ofensiva en muchos países, con el apoyo explícito u oculto del Estado.

A partir de la experiencia de los horrores de la Primera Guerra Mundial (1914), Rosa Luxemburg planteó la alternativa a la clase obrera en su famoso aforismo "socialismo o barbarie". Ella estuvo entre los pocos líderes del movimiento socialista en Alemania que se mantuvieron firmes en sus principios internacionalistas al estallar la Primera Guerra Mundial y se opusieron al apoyo al baño de sangre imperialista.

Rosa Luxemburg, quien a lo largo de su vida fue una constante seguidora del marxismo como teoría elaborada científicamente para orientar las actividades de la clase obrera y su vanguardia en el partido revolucionario. Cualquiera que sea el documento de Luxemburgo que uno elija, muestra claramente que ella desarrolló todos sus cursos de acción propuestos desde esta perspectiva básica, sometiéndolos constantemente a un escrutinio crítico.

Como lo formuló Luxemburg en 1918, la sociedad enfrenta una vez más "la continuación del capitalismo, nuevas guerras y el inminente declive hacia el caos y la anarquía, o la abolición de la explotación capitalista". Más que nunca, el futuro de la humanidad depende de la construcción de un partido socialista e internacionalista en la clase obrera basado en el legado del marxismo. En todos sus trabajos teóricos, Luxemburg mostró una gran previsión y una profunda comprensión de los problemas del desarrollo del movimiento internacional de trabajadores. Un estudio de sus escritos es fundamental para los revolucionarios y estudiantes del marxismo de hoy.

Dado que hoy se cumplen 102 años desde la muerte de uno de los crímenes más horribles y consecuentes de la historia mundial, es decir, el asesinato de los mejores representantes del movimiento marxista internacional (Rosa Luxemberg y Karl Liebknecht), todos deben estudiar cuidadosamente la enorme riqueza de trabajos teóricos de Rosa Luxemburg y sacar las lecciones adecuadas para la actual crisis política y económica.


Rosa Luxemburgo y la actualidad de la revolución

17 de noviembre de 2019 - Enlaces Revista Internacional de Renovación Socialista - En estos comentarios, quiero hacer tres cosas. Primero, quiero sugerir un enfoque de Rosa Luxemburg que tenga sentido para mí, mientras que menciono otros enfoques que no lo tienen. Luego quiero sugerir una respuesta a una pregunta que se ha planteado sobre cómo se inclinó Luxemburgo a ver y caracterizar - en los últimos años de su vida - la socialdemocracia en Alemania y en general. A partir de ahí, querré considerar los consejos sobre estrategia política que parece ofrecer a los activistas socialistas de hoy, que se encuentran en los volúmenes dos y cinco de sus obras completas que he ayudado a editar, al mismo tiempo sugiriendo conexiones de esto con un tradición revolucionaria más amplia.

Quiero comenzar con un llamamiento para que nos comprometamos con Luxemburg de la manera que ella se merece. Esto tiene varios aspectos. Una implica abrirle nuestras mentes y corazones, y para muchos de nosotros esto es increíblemente fácil, dada su vibrante sensibilidad, su energía, su animación y profundidad personal e intelectual, y la forma en que nos habla en sus escritos. Otro aspecto implica tratar de entender lo que ella realmente dijo, quiso decir e hizo (en lugar de conformarnos con una Rosa simplemente de nuestra propia creación). He oído a gente describir a Rosa Luxemburg esencialmente como una feminista radical utópica o como una antifeminista rígidamente “marxista”. He escuchado a gente hablar de ella, y de manera bastante positiva, como si su pensamiento fuera compatible con el anarquismo de Emma Goldman o el reformismo socialdemócrata de Eduard Bernstein o el capitalismo de Estado burocrático de Deng Xioping. También es elegida con mucha frecuencia para el papel del enemigo más magnífico de Lenin en alguna obra de moral cósmica.

Uno también puede volverse negativo. Simplemente porque Luxemburg es marxista, cree en la lucha de clases y se opone al capitalismo, para algunos en la derecha es una precursora de Joseph Stalin y una heralda de una tiranía espantosa. Entre algunos de la izquierda, por otro lado, se la critica como una “espontaneista” de mente confusa que no comprende la necesidad de organización en la lucha revolucionaria.

Luxemburg era cualitativamente diferente y más interesante que todo esto, y se merece algo mejor de nosotros.

Relacionado con esto, ella merece de nosotros un esfuerzo para hacer uso de lo que realmente nos ofrece. Ella era brillante, perspicaz, con un conocimiento considerable y experiencia práctica. Ella dijo y escribió cosas que vale la pena comprender, considerar activamente y probar mientras tratamos de comprender y cambiar el mundo que nos rodea.

A través de nuestro compromiso con ella, debemos tratarla como una persona, no como una Diosa Revolucionaria. El hecho de que ella piense, diga o escriba algo no significa necesariamente que ese “algo” sea cierto. Es posible que ella esté equivocada. Dada su humanidad, es inevitable que se equivoque en algunas cosas. Se ha argumentado inteligentemente que hizo ciertas cosas terriblemente, incluso desastrosamente mal, y tales argumentos merecen una seria consideración. Debo agregar que, por mi propia experiencia, incluso cuando llego a la conclusión de que ella estaba equivocada en algo, no es el caso de que ella esté equivocada en todos los aspectos de ese "algo": su mente y sus percepciones son tan buenas que uno puede aprender de ellas. ella incluso cuando está en parte o en gran parte equivocada.

Ella merece que la tomen en serio. Se lo debemos a ella y también a nosotros mismos.

Ahora quiero citar a uno de los camaradas de Luxemburgo con quien a veces cruzaba espadas: Vladimir Ilich Lenin. Aquí hay algo que Lenin escribió sobre ella, en 1922, que ha sido citado una y otra vez:

“No solo los comunistas de todo el mundo apreciarán su memoria, sino también su biografía y sus obras completas. . . Servirá como manuales útiles para entrenar a muchas generaciones de comunistas en todo el mundo. "Desde el 4 de agosto de 1914, la socialdemocracia ha sido un cadáver apestoso"; esta declaración hará que el nombre de Rosa Luxemburgo sea famoso en la historia del movimiento obrero internacional ".

La referencia de 1914 es al estallido de la Primera Guerra Mundial y a la traición de los líderes del partido de Luxemburgo, el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), al apoyar esta guerra imperialista. De hecho, hoy en día hay personas de mentalidad revolucionaria que señalan con el dedo a quienes se unen a los Socialistas Demócratas de Estados Unidos mientras repiten esta cita de Luxemburgo: "La socialdemocracia es un cadáver apestoso".

Algunos de los que participamos en la edición de las Obras completas que Lenin había pedido buscamos esta formulación y no pudimos encontrarla en ninguno de los escritos publicados ya traducidos de Luxemburgo. Concluimos que esta debe ser la formulación de Lenin, tal vez su propio resumen de su aguda crítica a la socialdemocracia alemana en, por ejemplo, el Panfleto de junio. Y mientras Helen y yo comenzamos a leer sus escritos de los años 1910 a 1919, no pudimos encontrar esas palabras exactas: "Desde el 4 de agosto de 1914, la socialdemocracia ha sido un cadáver apestoso".

Justo cuando estábamos concluyendo que Rosa Luxemburg nunca dijo lo que decía Lenin, descubrimos que, de hecho, ella hizo di algo muy parecido.
En un conjunto de notas en bruto largas y fascinantes que Luxemburg escribió en 1918, que aparecerá en el volumen 5 bajo el título de & quot; Fragmentos históricos sobre la historia & quot ;, ella esencialmente caracteriza a la socialdemocracia (particularmente la Segunda Internacional, pero incluyendo al SPD) como un & quot; cadáver & quot que ha estado en un proceso de "decadencia" desde 1912, y especialmente desde 1914. En estas notas, ella recuerda que las acciones proyectadas del Primero de Mayo de 1912 habían sido diluidas de manera decisiva y fría para evitar una escalada de acciones masivas que pudieran desafiar decisivamente el status quo.

La importancia de tal retroceso, para un militante perspicaz e inflexible como Luxemburgo, planteó la pregunta más aguda sobre la fibra revolucionaria de la socialdemocracia. Mirando hacia atrás desde 1918, sus conclusiones fueron severas. Con esto, reflexionó, "la Internacional ya era intrínsecamente un cadáver, el ostentoso Congreso de Basilea [de la Segunda Internacional en 1912] ya era, inconscientemente, un velatorio". Más adelante en estas notas hay una sección titulada: "El proceso de decadencia de la socialdemocracia y la Internacional desde el 4 de agosto de 1914".

No es un cadáver apestoso, entonces, solo un cadáver en descomposición.

Se podría argumentar que estas notas no se publicaron a tiempo para los comentarios de Lenin, pero tanto en formulación como en conceptualización, parecen demasiado similares para ser una coincidencia. Parece probable que en el mismo período de tiempo en que se redactaron estas notas, Luxemburg estuviera diciendo y tal vez incluso escribiendo tales cosas más allá de estas notas aproximadas, y dentro de los lugares a los que Lenin tenía acceso. La nueva publicación en inglés de las Obras completas de Luxemburgo debería facilitar la resolución de este asunto.

El hecho es, sin embargo, que las líneas básicas de la orientación política de Luxemburgo han sido claras durante aproximadamente un siglo, incluso para aquellos que se limitaban al idioma inglés. Siempre fue muy crítica con la orientación cada vez más no revolucionaria en la dirección del SPD, y a partir de 1914 doble y triplemente. Y al final de su vida ayudó a formar el Partido Comunista Alemán. Pero durante la mayor parte de su vida, con diversos grados de paciencia e impaciencia, trabajó para ganar a los camaradas de la clase trabajadora de la socialdemocracia hacia una orientación marxista revolucionaria. Ella les advirtió de lo que llamó males gemelos. Uno estaría aislándose de la masa de trabajadores y sus luchas, manteniendo su pureza como una pequeña secta de mentalidad revolucionaria. El otro sería adaptarse a las oportunidades ofrecidas por los políticos capitalistas astutos, lo que podría resultar en lo que ella denominó "un movimiento de reforma social burguesa".

En su batalla contra el reformismo, de ninguna manera se opuso a la lucha por las reformas, cambios para mejorar en el marco del capitalismo. El problema con el reformismo, insistió, es que busca simplemente acumular una reforma tras otra con la intención de hacer una transición gradual y sin dolor hacia una sociedad más justa y humana. Luxemburgo consideraba que ganar reformas era esencial para construir un movimiento obrero fuerte y seguro de sí mismo capaz de derrocar al capitalismo y reemplazarlo por el socialismo. Al describir su enfoque, puso explicó: “la lucha por las reformas es su medio, la revolución social, su objetivo”.

El análisis de Luxemburg de la dinámica económica del proceso de acumulación de capital, que se encuentra en el volumen 2 de sus obras completas, indica que el éxito del gradualismo reformista es imposible. Describió la expansión global del capitalismo como "la guerra implacable del capital contra las interrelaciones sociales y económicas" de los pueblos del mundo y "el saqueo violento de sus medios de producción y su fuerza de trabajo". Hizo hincapié en el impacto destructivo de todo esto, lo que llamó "la codicia voraz, el apetito voraz por la acumulación, cuya esencia misma es aprovechar" las realidades humanas y naturales "sin pensar en el mañana". El imperialismo, el militarismo y la guerra son esenciales para el sistema capitalista que describe y analiza Luxemburgo. Ahora debemos agregar a esta degradación ambiental. Esto lleva, como ella lo expresó una y otra vez, a una elección: "la destrucción de toda la cultura o una transición al modo de producción socialista".

El quinto volumen de sus obras destaca el camino que, en su opinión, podría conducir a esta victoria final y transitoria de la socialdemocracia. Era transicional no simplemente en el sentido de conducir de la forma de economía capitalista a la socialista, sino también en la forma en que la conciencia de la clase trabajadora y las luchas de los trabajadores deberían desarrollarse, con luchas por reformas que realmente puedan desembocar en la revolución social. Las luchas masivas para proteger la dignidad y la calidad de vida de las personas generan lo que ella llamó "una hermosa locura" entre los trabajadores, la visión de que "un gran esfuerzo lleno de sacrificios" puede resultar en "un ordenamiento socialista de la sociedad". Luxemburgo pidió al partido socialista y a los sindicatos de Alemania que ayuden a preparar el espíritu intelectual y el idealismo entre las masas de trabajadores que (en sus palabras) “todas las luchas que llevamos a cabo, todas las huelgas de masas que tenemos frente a nosotros, no son más que una etapa histórica necesaria hacia la liberación definitiva del capitalismo, en el camino hacia un orden socialista ”.

Me gustaría concluir sugiriendo perspectivas que Luxemburg compartió con otros marxistas revolucionarios de principios del siglo XX. Al revisar sus contribuciones que constituyen el quinto volumen de sus obras completas, me llamó la atención lo bien que se le aplica una frase bien conocida de los escritos de 1924 de Georg Lukács: “la actualidad de la revolución” está en el centro de su pensamiento. “La teoría del materialismo histórico presupone, por tanto, la actualidad universal de la revolución proletaria”, explicó Lukács. "En este sentido, como base objetiva de toda la época y clave para comprenderla, la revolución proletaria constituye el núcleo vivo del marxismo".

En su defensa y elaboración continua del concepto de huelga de masas en este volumen, Luxemburg avanza la noción de cómo esto debe desarrollarse en la lucha de clases real de su tiempo. “Por encima de todo, una huelga política de masas exige líderes decididos que estén listos para la acción”, insistió en 1913. Lamentando la falta de la dirección del SPD “de tal determinación y disposición para la acción”, argumentó: “Necesitamos reexaminar y forjar nuevas métodos de lucha para esta ocasión. Las masas están presionando por la acción, desean una pelea. Reconozca que el fuego que se ha apoderado de las masas equivale a algo más que un destello en la sartén. No permitamos que el deseo de lucha de la clase trabajadora se duerma, ya que nos resultaría difícil devolver a la vida a las masas ". Seis años más tarde, mientras la Liga Espartaquista se preparaba para ayudar a crear el Partido Comunista Alemán, denunció "las tradiciones podridas y en bancarrota de la vieja socialdemocracia y su sombra parlamentaria", y enfatizó que "los espartaquistas allanaron el camino para la nueva revolución revolucionaria". tácticas: para la acción de masas extraparlamentaria, incansablemente ... convocaron a huelgas de masas hasta que los primeros éxitos se fortalecieron y aumentaron la confianza en sí mismos y el coraje de lucha de los trabajadores ”. Uno se sorprende por el hecho de que su concepción implica una interacción esencial del liderazgo organizacional con la acción de masas semi-espontánea.

Este enfoque recuerda a Antonio Gramsci, quien en El príncipe moderno considera al partido revolucionario como "el elemento decisivo en toda situación" de revolución, pero advierte que existe el peligro de "descuidar, o peor aún, despreciar los llamados momentos" espontáneos "" de acción de masas entre los trabajadores y los oprimidos. De hecho, argumenta, “la unidad entre 'espontaneidad' y 'liderazgo consciente' o 'disciplina' es precisamente la acción política real de las clases subalternas, en la medida en que se trata de política de masas y no meramente una aventura de grupos que dicen representar las masas." La cualidad orgánica esencial necesaria para tal política revolucionaria, insistió Gramsci, implica (en sus palabras) “una adaptación continua de la organización al movimiento real, un emparejamiento de empujes desde abajo con órdenes desde arriba, una inserción continua de elementos arrojados desde las profundidades de la base en el sólido marco del aparato de liderazgo que asegura la continuidad y la acumulación regular de experiencia ”.

Si nos tomamos en serio estas ideas de Luxemburg, Lukács y Gramsci, debemos darnos cuenta de que todas ellas hacían referencia a un contexto que ya no existe en 2019. Hace cien años existía un sustancial movimiento sindical global, profundamente influenciado por el teoría del materialismo histórico, y con una izquierda dinámica e influyente imbuida del sentido de la actualidad de la revolución. Eso fue borrado entre la Primera Guerra Mundial y el ocaso del siglo XX. Algo parecido queda por reconstruir.

Sin embargo, al entrar en la segunda década de nuestro propio siglo, ha estado surgiendo un sentido renovado de la "actualidad" de la revolución en medio de las crisis cada vez más profundas que afligen a nuestro planeta. Las corrientes insurgentes de jóvenes activistas se alejan de un anarquismo que parecía no llevar a ninguna parte, en algunos casos conectando con los remanentes de la socialdemocracia, en algunas situaciones conectadas con uno u otro remanente del antiguo movimiento comunista. Algunos de los que participan activamente en esto están luchando con la forma de recopilar ideas útiles de los revolucionarios del pasado.

Rosa Luxemburg nos dijo, mientras explicaba su orientación revolucionaria de la acción de masas: “Solo podemos crecer a través de la lucha, y es en medio de la lucha donde aprendemos a luchar”. Vale la pena tomar en serio sus palabras mientras trabajamos para reconstruir nuestro movimiento socialista y, con una locura encantadora, alcanzar un futuro de libres e iguales: aprender a luchar, comprometiéndonos en las luchas reales de hoy y de mañana.


Rosa Roja

Los escritos de la socialista mártir Rosa Luxemburg ofrecen una visión quejumbrosa de la historia y los caminos no recorridos.

El veredicto generalmente aceptado sobre la ideología del siglo XX —que su carácter “totalitario” eclipsa cualquiera de las diferencias ostensibles entre sus versiones de “izquierda” y “derecha” - es algo que pocos desean discutir. De hecho, el mismo término totalitario Lo más probable es que fue acuñado por el marxista disidente Victor Serge, para denotar una forma de absolutismo única y moderna que esencialmente buscaba abolir la vida privada y la conciencia individual. Al igual que con los conceptos, también con las consecuencias: el clásico temprano de David Rousset, L’Univers Concentrationnaire, presagió la imagen del "campo" como el lugar donde se eliminaba el excedente humano del utopismo bruto, sin importar cuál fuera el carácter pretendido del régimen.

Esta convergencia o simetría no se traduce automáticamente en una estricta equivalencia moral. Es posible que el Gulag haya consumido a más personas que los nazis lager sistema. Sin embargo, Robert Conquest, el historiador preeminente del estalinismo, cuando fue invitado a emitir un juicio, encontró que los crímenes hitlerianos eran más condenables. Presionado para ampliar esto, respondió: "Simplemente siento que es así". Creo que la intuición de muchas personas moralmente inteligentes sería la misma.

Otra forma en que se podría hacer una distinción es la siguiente: no tenemos ningún registro real de ningún escrito "disidente" de la minoría de intelectuales que se sintieron atraídos por el fascismo y el nacionalsocialismo. De hecho, si no fuera por una cierta fascinación enfermiza por la pornografía de la violencia y el racismo, no tendría mucho sentido estudiar los escritos políticos de Louis-Ferdinand Céline, y mucho menos de Alfred Rosenberg, en absoluto. Martin Heidegger y Giovanni Gentile pueden haber establecido un aluvión ofuscatorio de justificación pseudohistórica para el culto al liderazgo nacional supremo, pero sobrevive principalmente como una curiosidad. Lo más importante: es bastante imposible imaginar términos en los que pudieran haber formulado alguna vez una crítica de Hitler o Mussolini por haber traicionado los ideales originales de sus respectivos movimientos. Las ideologías prohibieron y excluyeron tajantemente tal contingencia.

Por el contrario, incluso el tomo de madera de Lenin El desarrollo del capitalismo en Rusia constituye una especie de análisis y anatomía, de un tipo que sería simplemente ridículo comparar con los desvaríos de MI lucha. Y de los muchos marxistas que estaban en desacuerdo con Lenin, procedieron una serie de trabajos de un alto orden de seriedad, y no examinarlos limitaría severamente el conocimiento de la historia moderna. Para mí, el más brillante —y el más atractivo— de estos intelectuales marxistas fue Rosa Luxemburg, la judía de origen polaco que fue la figura más carismática del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD).

El primer libro de Bertrand Russell (derivado de una serie de conferencias que dio en 1896) trataba sobre el carácter de esta fiesta histórica. Casado con un marxismo bastante formalista en teoría, el partido en la práctica proporcionó a millones de trabajadores y sus familias algo así como una sociedad alternativa dentro de Alemania: no solo sindicatos, sino asociaciones de bienestar, instituciones educativas, campamentos de vacaciones y asociaciones de mujeres. Fuertemente crítico del militarismo prusiano, se sintió lo suficientemente confiado en 1912 como para declarar que en caso de guerra, convocaría huelgas y protestas, y se esforzaría por hacer alianzas con partidos hermanos en las otras naciones combatientes. Al final, la histeria de guerra demostró ser tan condenadamente potente que la mayoría de la Internacional Socialista capituló en agosto de 1914 y votó a favor de participar en el mayor fratricidio que el mundo haya visto jamás. (Lenin was so shocked by this that he at first refused to believe that the SPD had in fact deserted its position.) Luxemburg was one of the few of the party’s leaders to maintain a stance against the kaiser, and was imprisoned as a consequence. The central tranche of this collection of her letters was written during that bleak incarceration, and that great political relapse. The confusion of the moment is caught in a letter from October 1914, in which she urgently seeks instruction on the best manner of forwarding information by way of Benito Mussolini, entirely unaware that this hitherto anti-war socialist editor had deserted the cause and begun his long swing to the fanatical right.

Slightly lamed since childhood, married only to gain the formalities of citizenship, and famous for the scornfulness of her polemics, Luxemburg was easy to portray as a thwarted and unfeminine personage. But her correspondence shows her to have been an active and ardent lover, as well as a woman constantly distracted from politics by her humanism and her love for nature and literature. In a single letter to her inamorato Hans Diefenbach (whose life was to be thrown away on the western front), written from a Breslau jail in the summer of 1917, there are tender and remorseful reflections on the deaths of parents some crisp appraisals of the style of Romain Rolland a recommendation that Diefenbach read Hauptmann’s The Fool in Christ, Emanuel Quint and some extended observations on the ingenious habits of wasps and birds, as observed through the windows of her cell. Another letter to him earlier in the same year is saturated with their common addiction to the works of Goethe and Schiller, and goes on to offer a spirited hypothesis of a possibly feminist Shakespeare, based on the figure of the unquenchable Rosalind in As You Like It. Her favorite word of opprobrium for the war-makers was barbaric, and it becomes plain that by this she intended no ordinary propaganda slogan, but an intense conviction that European culture itself was being outraged and profaned. She was righter even than she knew.

Her internationalism was so strong that she despised anything to do with lesser or sectarian “identities.” This led her to oppose any nationalist claims made by her fellow Poles and fellow Jews (in retrospect, perhaps, a somewhat questionable position for any German politician to have been taking). To her friend Mathilde Wurm, she wrote rebukingly:

The quotation is from a conscience-stricken German soldier in the army of General Lothar von Trotha, who had in 1904 issued a general “extermination order” against the rebellious Herero tribe in what is now Namibia. One feels another crackle of premonition when reading again about this once-notorious atrocity: the imperial ethnologists in German South West Africa who conducted hideous medical experiments on the Herero included the mentors of Josef Mengele, and the first political governor of the province had been Hermann Goering’s father. Von Trotha himself became a member of a race-myth cult group calling itself the Thule Society, which was one of the seedbeds of the early Nazi Party. For Luxemburg, the hecatomb of the European war was partly a projection of the brutality of empire back into its metropolis. Her prompting was always to the enlargement of the picture: the concept of the “global” did not in the least intimidate her. Indeed, she took it as her point of departure.

A pre-war and pre-incarceration letter to another lover (Kostya Zetkin, son of Clara) is almost entirely devoted to a rhapsodic review of Bach’s Saint Matthew Passion, ending with praise and thanks for some violets and a glimpse of the antics of her cat, Mimi, who features in many more missives. When jailed, Luxemburg decided with immense regret not to take the animal with her, deeming it wrong to imprison a feline. This may appear mawkish or sentimental, but consider this extract from my favorite of all her letters. Written to Sophie Liebknecht from the same Breslau jail in late December 1917, it describes some Romanian buffalo, pressed into service as beasts of burden by the German army. As they dragged their impossibly heavy load into the prison yard, they continued to be flogged with the blunt end of the whip handle by an exceptionally callous soldier:

That dry closing sentence, I submit, acquits the letter of mawkishness and makes its register of animal torture more like that of Dostoyevsky. It also assists in pointing up the deep contrast with Lenin, who famously distrusted his emotions and tried his best to silence the appeals of nature and art. Though he did once refuse to shoot a vixen because “really, she was so beautiful,” he turned away from a performance of Beethoven’s Appassionata lest its haunting loveliness distract him from the requirements of the struggle, and only emerged from an apparent reverie at the summit of a Swiss mountain to exclaim that the damned Mensheviks were hell-bent on spoiling everything.

Ever since the 1905 upheaval in Russia, Luxemburg had suspected Lenin’s faction of what she scornfully termed a “barracks” mentality. A short while after the 1917 revolution, we find her writing a succession of letters, describing the situation in Russia as “abysmal” and the Bolsheviks as deserving of “a terrible tongue-lashing” for their repression of rival parties such as the Social Revolutionaries, and their unilateral decision to abolish the Constituent Assembly. She extends this condemnation to include the police mentality (concerning incessant foreign “conspiracies”) that underlay Soviet foreign policy. She singles out a certain “Józef” as a particular exemplar of this attitude, and with yet another shock of premonition, one discovers that this was the “party name” of her fellow Pole Felix Dzerzhinsky, founder of the Cheka and later considered the father of the KGB. It was during this time that Luxemburg made her imperishable defense of free speech, boldly stating that the concept was meaningless unless it meant the freedom of “the one who thinks differently.”

Still, her general optimism about the tide of revolution that obliterated the monarchs and empires that had started the war can give one a lump in the throat. Writing in December 1917, she exclaimed:

Perhaps aware that she was giving a hostage to fortune, she hastily added, “Anyhow an atmosphere conducive to that prevails here, one of viciousness, cowardice, reaction, and thick-headedness.”

This last premonition was the most sobering of all. Released from prison by the strikes and mutinies that accompanied the abdication of the kaiser, Luxemburg was propelled to the center of revolutionary politics and journalism in Berlin. In January 1919 she was arrested, and her capacious skull splintered by a rifle butt in the hands of a member of the Freikorps, the debased militia that was to form the pattern and nucleus of the Brownshirts. “In her assassination,” wrote Isaac Deutscher, “Hohenzollern Germany celebrated its last triumph and Nazi Germany its first.” Over her corpse—later thrown into the Landwehr Canal—was to step a barbarism even more ruthless and intense than any she had dared to imagine. Had Germany gone the other way, is it completely fanciful to imagine an outcome that would have preempted not just Nazism but, by precept and example, Stalinism too? However debatable that might be, one cannot read the writings of Rosa Luxemburg, even at this distance, without an acute yet mournful awareness of what Perry Anderson once termed “the history of possibility.”


Rosa Luxemburg at 150: a revolutionary legacy

Rosa Luxemburg, one of the great leaders in the history of the socialist movement, was born in Poland (then a province of the Russian empire) 150 years ago this month, on 5 March 1871. Luxemburg cut her teeth in the Polish revolutionary underground, but as an immensely talented political leader, she was drawn to the centre of the European workers’ movement in Germany, where, from the late 1890s, she became the driving force of the revolutionary wing of German socialism.

In the pamphlet Social Reform or Revolution?, the first part of which was published in 1899, she took up the fight against those in the German Social Democratic Party (SPD) who rejected revolution and argued instead for a focus on the gradual reform of capitalism through parliamentary and trade union work.

The leading figure within this “revisionist” current, as it came to be known, was Eduard Bernstein. En The Preconditions of Socialism and the Task of Social Democracy, he argued that, as capitalism developed, the tendency to economic crisis identified by Karl Marx was being overcome, raising the prospect of a permanent and peaceful advance towards universal prosperity.

In response to Bernstein, Luxemburg argued that, far from the contradictions in capitalism and its tendency to crisis being overcome, as the system developed, these contradictions would intensify. The period of growth and prosperity experienced in Germany in the last decades of the nineteenth century was only the calm before the storm. It wouldn’t be long, Luxemburg argued, before the contradictions inherent in the system broke out in the open again. Only this time, with the greater concentration of industry and the heightened competition between states for markets and resources, the crisis would be deeper and broader than ever before.

A little over a decade later, with the outbreak of World War One in 1914, the correctness of Luxemburg’s account was clearly demonstrated. The dream of universal capitalist prosperity was replaced overnight with the nightmare of industrial-scale slaughter in the trenches. Further, the behaviour of the SPD’s parliamentary leaders, who junked all their long-established anti-militarist
principles to vote in favour of funding the war effort, showed the truth of her insight that, rather than changing the system, the reformists would end up being changed by it.

“People who pronounce themselves in favour of the method of legislative reform in place of and in contradistinction to the conquest of political power and social revolution”, Luxemburg wrote, “do not really choose a more tranquil, calmer and slower road to the same goal, but a different goal”. In the face of a renewed crisis of capitalism, of war and brutality on an unprecedented scale, the reformists’ professions of faith in the long-term achievement of a socialist society gave way to a more or less straightforward defence of the existing order.

In her 1906 pamphlet, The Mass Strike, Luxemburg once again assailed the reformist currents of the SPD, this time contrasting their top-down, bureaucratic conception of the socialist movement with Marx’s idea of revolution as “the self-emancipation of the working class”.

The pamphlet was written in the aftermath of the first Russian Revolution of 1905. Events in Russia were greeted with a wave of enthusiasm in the Western European socialist movement. In particular, the central role played by mass strikes of workers in the revolution gave confidence to the radicals within the SPD and the trade unions. For the reformist SPD and trade union leaders, though, the new enthusiasm among workers for the mass strike was a cause for deep concern. It went against all the rules of the game—blurring the boundary between political demands, which they believed were the exclusive domain of the party, and economic demands, which were the responsibility of the unions, and risking the struggle moving beyond the carefully mapped paths of reform.

For many trade union leaders, parliamentarians and party officials, the development of union organisation and the advance of the SPD’s parliamentary activities had become ends in themselves. The attitude of many trade union leaders is summed up nicely in the words of Theodor Bömelburg, a building union leader, who said, “To develop our organisations further, we need peace in the labour movement”.

Strikes were a drain on union funds, and risked provoking the wrath of the capitalist state, which could impose punitive measures that would disrupt the unions’ operations. To the extent that a mass strike might be useful or necessary, it was a tactic to be employed carefully and precisely by the leaders, at the appropriate time and in the right conditions. We can see many of these same attitudes, and worse, in union leaders today.

In contrast to this, Luxemburg considered that the mass, unruly, revolutionary strikes that occurred in Russia in 1905 provided a reminder of where the true wellspring of the socialist movement was to be found. To her mind, the strength of the movement lay, not in the increasingly gigantic bureaucratic machinery of the unions or in the carefully thought-out manoeuvrings of the SPD’s parliamentary wing, but in the self-activity of workers in struggle.

For Luxemburg, the direct involvement of workers in struggle was the key to the advance of the workers’ movement, in both its economic and political dimensions. The relationship between the economic struggles of workers for better wages and conditions, and the struggle to advance the political goals of the workers’ movement, was highly reciprocal: “After every soaring wave of political action, there remains a fertile sediment from which sprout a thousand economic struggles. And the reverse also applies. The workers’ constant economic struggle against capital sustains them at every pause in the political battle”.

To maintain a hard and fast divide between the economic and political spheres, as was the case with the reformists, is to shut off the mutually reinforcing dynamic that gives the movement as a whole its strength. Further, in line with Marx’s insistence that the overthrow of capitalism and the construction of a socialist society can succeed only on the basis of the self-activity of workers, Luxemburg drew out the way in which mass strikes support the political and organisational advance of the working class. The spontaneous emergence of the Russian soviets (workers’ councils) during the events of 1905 provides the clearest illustration of this, showing that even the most astute and engaged party or trade union committee could be no substitute for the experience of the mass of workers in struggle.

The task of a revolutionary party is not, therefore, to set out an ordained path or schema that workers obediently follow toward the achievement of socialism. It is, rather, to be immersed in the everyday struggles of workers, and to develop the political experience, with and alongside workers, that alone provides the foundation for leadership in a period of revolution.

Luxemburg spent the majority of the years from the outbreak of World War One in 1914 to the revolution of November 1918 behind bars, imprisoned for being one of the very few people in Germany with the courage to speak out against the slaughter unfolding in the trenches. In the Junius Pamphlet, written from her cell in early 1915, she painted a vivid picture of the choice she believed humanity faced in those years: “Either the triumph of imperialism and the collapse of all civilization as in ancient Rome, depopulation, desolation, degeneration—a great cemetery. Or the victory of socialism, that means the conscious active struggle of the international proletariat against imperialism and its method of war”.

Luxemburg saw clearly that imperialism was part of the core logic of capitalism and that its inevitable consequence was war. Her words, written amid the carnage of World War One, provide a reminder of the consequences for humanity if the imperialist rivalries of today, such as that between China and the US, break out into open war.

The tragedy of Luxemburg’s life is that, by the time she realised the necessity of breaking with the SPD and of building a clearly revolutionary organisation, it was too late. The weakness of the revolutionary left during the war meant that, in the decisive battles of the postwar years from 1918 to 1923, revolutionaries were always running to catch up, giving the SPD leaders and other reactionary forces in Germany the time they needed to regroup. The true cost of these defeats is shown in subsequent German history, as it rushed headlong toward the catastrophes of the 1930s and 1940s.

Luxemburg herself was murdered, along with her comrade Karl Liebknecht, on the night of 15 January 1919. They were among the main leaders of the insurgent movement of workers, sailors and soldiers that had brought World War One to an end and which was threatening to topple the entire capitalist order of Germany. Captured by a division of the reactionary Freikorps on orders from SPD leader (and professed “socialist”) Friedrich Ebert, Luxemburg’s skull was smashed by a rifle butt and her body dumped into Berlin’s Landwehr canal.

The murders of Luxemburg and Liebknecht were a major blow to the immediate hopes of the German (and by extension, the world’s) working class. But Luxemburg’s legacy as a revolutionary activist and theorist couldn’t be extinguished so easily. Her ideas, whether on the question of reform versus revolution, the significance of the mass strike or the civilisation-threatening barbarism of imperialist war, are as relevant today as ever.

Increasing numbers of young people are being drawn to anti-capitalist politics. But just as in Luxemburg’s time, there are competing understandings of the word “socialism” and suggested strategies for winning a better world. There are many today who argue along similar lines to the right wing of the German SPD in the years leading up to World War One—that we should give up on the idea of revolution and be content simply to fight for a better deal for workers and the poor within the framework of capitalism.

There’s no reason to think, however, that if we follow the advice of today’s reformist socialists, we’ll end up with anything much different to the kind of carnage that overtook Europe from 1914 on. Nothing fundamental has changed about capitalism in the intervening period.

Capitalism’s tendency to fall into crisis remains. In fact, the crises are deepening and proliferating. If imperialist tensions between China and the US were, at some point in the coming decades, to break out into a direct military conflict, the consequences for humanity would be even more devastating than in the case of World War One. And today it’s not only the threats of economic devastation and war we need to worry about, but also the potentially existential threat posed by climate change.

The choice we face today is no less stark than that which Luxemburg saw confronting humanity at the height of World War One. Will we allow the continuation of a system that’s propelling humanity into one catastrophe after another? Or will we range ourselves against this system and its defenders (even those supposedly “on our side”), and set a course for revolution? Do we want merely to win a somewhat friendlier version of capitalism, or will we fight for a society and economy democratically and collectively controlled by workers, in which the vast capacities and resources of humanity are no longer sacrificed on the altar of the market, but can be turned to restoring our damaged relationship with nature, and to providing the things we need to live a decent life?

If we want to overcome the barbarism of capitalism, then the need for the kind of clear, intransigent revolutionary politics that Rosa Luxemburg’s life and thought exemplify is more urgent today than ever.


The Rosa Luxemburg Trials of 1914 and the Emergence of the Ideal Type of the Weimar Party Lawyer

This chapter introduces the reader to the German legal system through a short history of advocacy, focused on the transition of barristers from civil service to free profession. Under competitive pressure and intensified media scrutiny, a new, edgy, and confrontational culture of defence work emerged around the turn of the century. Politically, this combative culture fostered a new generation of socialist lawyers, led by Kurt Rosenfeld and Paul Levi. In sharp opposition not just to the Wilhelmine state, but also to senior lawyers in their own party, these barristers drove a paradigm shift in political defence work. Using Rosa Luxemburg's anti-militarism trial of 1914 as a case study, the chapter demonstrates how the new generation de-legalized proceedings and privileged propagandistic impact over legal outcome, even at the cost of sacrificing the defendant. In so doing, the chapter argues, they forged an ideal type of the party barrister that shaped Weimar political trials.

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Rosa Luxemburg in 1914 - History



ROSA LUXEMBURG
1871 - 1919

Marxist Humanitarian With Guts

Rosa Luxemburg was nicknamed Bloody Rosa, which gives us a hint.

Rosa was a revolutionary and ballsy enough to criticize Lenin y Trotsky , for which she had to take a lot of heat, of course.


There are two things that are fact:

One - Rosa Luxemburg was all-action-no-armchair.

Two - Rosa Luxemburg never moved an inch from believing in humanitarianism.

According to dictionary, a humanitarian is a person who seeks to promote human welfare. In other words, people before rules.

Communism According to Rosa Luxemburg

Luxemburg disagreed with the Polish Socialist Party and hence co-founded the Polish Social Democratic Party, or the Social Democracy of the Kingdom of Poland, which later became the Polish Communist Party.

Rosa's interpretation of Marxism is called Luxemburgism .

Instead of Communists being primarily concerned about their own country, aka nationalism, Rosa Luxemburg wanted all Communists to focus first and foremost on the Socialist world revolution, aka internationalism. This point was one of the main differences between Luxemburgism and Leninism .

Rosa Luxemburg declared the mass strike a solid tool to achieve Communist goals, and was opposed to Lenin's approach which tolerated violence if applied in pursuit of the greater good.

For more interpretations of Marxism, see also Communism - Luxemburgism

Rosa Luxemburg's Political Party

Luxemburg was also co-founder of the Spartacus League (in German: Spartakusbund,) which became the German Communist Party in December 1918.

Together with Karl Liebknecht and others, this group was formed to fight Germany's involvement in Primera Guerra Mundial , to topple the government, and to start fresh with a working class government. Luxemburg saw it necessary to launch this new faction because the German Social Democratic Party was supporting Germany's stance on WWI. She did not.

Rosa Luxemburg's father was Eduard Luxemburg . Rosa's mother was Line Luxemburg . Rosa's parents were Jewish.

Rosa had four siblings. She was the youngest.

Leo Jogiches became a close friend.

In 1898, Rosa Luxemburg married Gustav Lubeck (L beck) and moved to Berlin, Germany.


When it came to protesting in the streets Rosa Luxemburg took the lead. It all went down the tubes when she and Karl Liebknecht were killed by reactionary troops in the Spartacus Revolt of January 1919 .


Ultra-leftism gets the upper hand

But that line, which won the majority in the Bolshevik party in 1917, did not have the same support among the Spartacists. While the more experienced cadres like Rosa Luxemburg and Leo Jogiches wanted to postpone the formation of the Communist Party in order to win a larger group among the activists of the USPD, the inexperienced majority of the Spartacists pushed with great impatience for an immediate split.

Many of these ultra-left elements where raw youth who had not absorbed the lessons of the Russian Revolution. Impatient with the apparently slow pace of events they looked for shortcuts. They substituted the conquest of the masses with the immediate conquest of power without taking seriously into consideration the then consciousness of the masses.

For the Marxists, it is always fundamental to point out that there are different layers in the working class, the youth and the peasants who learn at different rhythms and draw the necessary conclusions at different speeds. The most advanced sections among the activists of the workers' movement will be aware of the betrayal of the reformists much faster than the workers in the rank and file. In general, workers are quite loyal to the organizations that lead them in their first movements that awaken them to political life. Great events are necessary for the workers to turn their backs on the old leaders and search for an alternative.

In the Spartacist ranks impatience grew by the day. Contrary to the wishes of Rosa Luxemburg and Leo Jogiches, the League decided to form the KPD(S) – the German CP (Spartacist) in December 1918. However, the founding congress was held without a serious preparation and effort to win maximum support. For example, the network of revolutionary shop stewards in Berlin had put forward a number of correct demands for integration into the new party, but found themselves rejected from the beginning. Thus a decisive part of the revolutionary vanguard of the workers’ movement remained outside the new party.

The founding congress of the KPD(S) had the support of the Bolsheviks, who sent Karl Radek as their representative. However, the congress did not approve the same methods as the Bolsheviks had applied in Russia. In fact, the sectarian ultra-left elements won over Rosa Luxemburg and Karl Liebknecht on the most decisive points rejection of participation in the forthcoming elections to the Constituent Assembly and rejection of work inside the SPD-dominated trade unions.

These questions of revolutionary tactics need discussing by today's revolutionaries. If we were to reject work inside the traditional trade unions and set up “pure” trade unions, we would be condemned to isolation. To reject work in this or that trade union confederation, just because it has a reactionary leadership would be a huge mistake. In the same sense, it would be the height of stupidity to reject joining mass parties, such as the PSUV in Venezuela.

The question of parliament is also important. Marxists, of course, know that fundamental questions are never resolved in parliament but in the streets and the factories. However, we think that the working class must use every means at its disposal to promote the revolutionary message. As long as the revolutionaries do not have the force to bring down an institution, that is to say as long as we do not have the majority of the class won to our programme, we should use every platform to agitate for our ideas and win the maximum number of followers.

Unfortunately, all this was not taken into account by the majority of delegates in the KPD(S) founding congress.


The Life of Rosa Luxemburg

Rosa Luxemburg was born on 5 March 1871 in the small town of Zamość in the Russian-occupied part of Poland, the daughter of a wood merchant. From 1880 to 1887 she attended high school in Warsaw, achieving excellent grades in an environment normally reserved for the daughters of Russian civil servants. She learned four languages fluently, developing her passion for the word both spoken and written at an early age, and soon enough became politically active in Polish left-wing groups.

In 1889 these activities led to the threat of her arrest, and she fled via Germany to Switzerland. At the University of Zurich—one of the few higher education institutions to which women had equal access—she first studied natural sciences, then political science and economics. She obtained her doctorate in 1897, admired and marvelled at as the only woman among the sons of landowners, factory owners, and state administrators. There she also began a passionate love affair with the Polish revolutionary Leo Jogiches.

In 1893 Rosa Luxemburg co-founded a political party: the Social Democracy of the Kingdom of Poland (SDKP), which in 1900 renamed itself the Social Democracy of the Kingdom of Poland and Lithuania (SDKPiL). In August of the same year—barely 22 years old—she made her first major public appearance in the context of the international labour movement. At the third International Socialist Workers’ Congress in Zurich, she fought to obtain a mandate for herself and her new party with a courageous speech. At that point, the mandate was denied. Rosa Luxemburg moved to Germany in 1898. A marriage of convenience enabled her to gain German citizenship. From then on she advocated for Social Democracy at party congresses in Germany, at international congresses, and through her journalistic activities. At the International Socialist Congress in 1900, she justified the necessity of international actions against imperialism, militarism, and colonial policies.

From 1904 to 1914 she represented the SDKPiL in the International Socialist Bureau (ISB). From the end of December 1905 to March 1906 she participated in the revolution in Russian-occupied Poland, where she was arrested and released on bail in June 1906. In Berlin, she worked on drawing conclusions for the German working class from the experiences of the Russian Revolution of 1905–1907, defended the political mass strike as a revolutionary means of struggle, and distinguished herself as the leader of the left-wing current in German Social Democracy.

In 1907, at the International Socialist Congress, together with Lenin and Martov, she developed an anti-war programme for the international workers’ movement. From 1907 to 1914 she worked as a teacher at the Social Democratic Party School in Berlin. She had a love affair of several years with Kostja Zetkin, the son of her close colleague Clara Zetkin.

In the spring of 1914 she was sentenced to prison for her anti-war speeches. Paul Levi was her trial lawyer, and became her new lover. In 1915, under the pseudonym “Junius”, she wrote a pamphlet—the famous Junius Pamphlet—against the brutality of the War which had been raging since 1 August 1914. At the end of 1915 she joined forces with Karl Liebknecht and other Social Democratic opponents of the war to form the “Internationale” group, from which the Spartacus group emerged in 1916.

From July 1916 to November 1918, Rosa Luxemburg was imprisoned in Berlin, Wronki, and Wrocław. In 1917 she supported the February and October revolutions in Russia with articles written from prison. She welcomed the upheavals, while at the same time warning against a Bolshevik dictatorship. On the Russian Revolution, which contained this warning, was not published until 1922, however. In this text she stated that “Without unrestricted freedom of the press and of assembly, without a free struggle of opinions, vitality withers away in each public institution—it becomes a pseudo-vitality.”

After her release from prison on 9 November 1918, she fully committed herself to the German November Revolution. Together with Karl Liebknecht, she published Die Rote Fahne (The Red Flag), campaigned for comprehensive social transformation, and was one of the founders of the Communist Party of Germany (KPD) at the turn of the years 1918–1919.

On 15 January 1919, Rosa Luxemburg and Karl Liebknecht were murdered in Berlin by officers and soldiers of the counter-revolutionary Reichswehr units.


Capitalist markets would expand through exploitation of Indigenous and oppressed populations

“Each new colonial expansion is accompanied by capital’s relentless war on the social and economic interrelations of the indigenous inhabitants and by the violent looting of their means of production and their labor-power. capitalism strives purposefully to annihilate them as independent social structures.”

Luxemburg saw how capitalism would spin out of local European markets through imperialism. She saw that process taking place around her through the enslavement of African peoples by European nations, French colonialism in Algeria, and British colonialism in India, to name a few. This process remains a fact of life more than a century after Luxemburg’s time, and that is no coincidence. Capitalism must constantly seek new markets to suck up surplus value, a process that often involves forcing indigenous, noncapitalist peoples to participate in market exchange. Today, according to History Is a Weapon author Michael Parenti, North American and European companies have control of more than 75% of the mineral resources scattered across the rest of the globe.

We can also point to how the North American Free Trade Agreement (NAFTA) was devastating to many small farmers in Mexico, forcing many to abandon their land and seek work in assembly plants known as maquiladoras. In South America, far-right Brazilian president Jair Bolsonaro, with aid from the World Bank, has helped oversee the accelerated deforestation of the Amazon for agribusiness, dispossessing and disenfranchising Indigenous communities in favor of exploitative global agribusinesses with little regard for climate impact. Here in the U.S., in keeping with our long-standing tradition of settler colonialism, the Dakota Access Pipeline was routed through lands adjacent to the Standing Rock Sioux Reservation, threatening the community’s water supply and desecrating grave sites. Protests against the pipeline drilling were suppressed by police (think water cannons used to douse demonstrators in subzero temperatures) and key organizers with the cause were contacted by the FBI. Luxemburg’s prediction that a global "war" waged on Indigenous populations would soon "annihilate [them] as independent social structures" is something that still plays out every day.


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